Lorca, en la región sureste de Murcia, se convirtió en un pueblo fantasma del que salía una nutrida caravana de vehículos con muchos de sus 90,000 residentes dirigiéndose a ciudades y pueblos cercanos para alojarse con familiares. Los comercios, los restaurantes y las escuelas estaban cerrados, mientras resonaban las sirenas de los vehículos policiales, las ambulancias, los bomberos y los helicópteros. Ginés Navarro aguardaba nervioso mientras los bomberos retiraban pertenencias del edificio de su departamento para poder irse. Un vecino murió y la escalera de su edificio se desplomó. “No podemos quedarnos aquí”, dijo junto a su llorosa esposa. “Vamos a marcharnos con unos parientes”. “Aquí no vamos a poder regresar. La casa está hundida”, explicó Pedro Mirón, de 61 años, mientras señalaba la enorme grieta que recorría de arriba a abajo el edificio en el que vivía.
Unas pocas personas caminaban por las calles. Miles se preparaban el jueves para pasar su segunda noche a la intemperie en campamentos improvisados con grandes carpas.
La cifra
30,000 En la calle. a Treinta personas seguían hospitalizadas el jueves, un día después de los dos sismos obligaron a unos 30,000 residentes a pernoctar en automóviles, refugios y sillas de descanso en parques.
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